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Ki Tetze y Vayetze — La guerra de afuera y la guerra de adentro
Parashat Ki Tetze comienza llevándonos directamente a un campo de batalla. La Torá dice:
כִּי־תֵצֵא לַמִּלְחָמָה עַל־אֹיְבֶיךָ וּנְתָנוֹ יְהוָה אֱלֹהֶיךָ בְּיָדֶךָ
Ki tetzé la-miljamá al oyeveja, unetanó Adonai Eloheja beyadeja.
“Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, y Hashem tu Elohim lo entregue en tus manos…”
(Devarim 21:10)
Cuando leemos estas primeras palabras, naturalmente pensamos en una guerra exterior. Hay un hombre que sale, hay enemigos delante de él y hay una batalla que tiene que enfrentar. Incluso la expresión al oyeveja, “contra tus enemigos”, dirige nuestra mirada hacia afuera. El problema está allí, frente a él; puede verlo, puede identificarlo y sabe contra quién tiene que luchar.
Pero si seguimos leyendo con atención sucede algo muy interesante. La Torá no dedica demasiado tiempo a esa primera batalla. Simplemente nos dice que Hashem entregará al enemigo beyadeja, “en tus manos”. Parecería que el problema quedó resuelto. El hombre salió a la guerra, Hashem le concedió la victoria y podríamos pensar que allí termina el asunto.
Sin embargo, es precisamente después de esa victoria cuando comienza una situación mucho más compleja:
וְרָאִיתָ בַּשִּׁבְיָה אֵשֶׁת יְפַת־תֹּאַר וְחָשַׁקְתָּ בָהּ
Veraíta bashivyá éshet yefat tó’ar, vejashaktá vah.
“Y vieres entre los cautivos una mujer hermosa y la deseares.”
(Devarim 21:11)
El escenario cambió por completo. Hace apenas un momento este hombre estaba enfrentándose con alguien que estaba afuera de él; ahora la Torá comienza a hablarnos de algo que sucede dentro de él. Ya no se trata de la fuerza del enemigo, sino de su propio deseo. Y el orden de las palabras es muy revelador: veraíta, viste; vejashaktá, deseaste. Primero los ojos encuentran algo y después el corazón reacciona ante aquello que los ojos encontraron.
La Torá no está fingiendo que el deseo no existe. Al contrario, reconoce exactamente lo que está sucediendo en este hombre. Pero tampoco permite que aquello que vio y deseó se convierta inmediatamente en acción. Los versículos siguientes introducen un proceso, un tiempo, unas condiciones. De alguna manera, el hombre que acaba de regresar de una batalla en la que tuvo que vencer a otro ahora tendrá que aprender algo diferente: tendrá que aprender a gobernarse a sí mismo.
Y mientras leemos todo esto hay una palabra al comienzo de nuestra parashá que nos puede resultar familiar: תֵצֵא — tetzé, “salgas”.
Porque ya conocemos a otro hombre en la Torá cuya historia cambia completamente cuando sale.
En Bereshit leemos:
וַיֵּצֵא יַעֲקֹב מִבְּאֵר שָׁבַע וַיֵּלֶךְ חָרָנָה
Vayetzé Yaakov miBe’er Sháva, vayélej Jaránah.
“Y salió Yaakov de Be’er Sheva y fue hacia Jarán.”
(Bereshit 28:10)
Nuestra parashá dice Ki tetzé, “cuando salgas”, y acerca de Yaakov dice Vayetzé Yaakov, “y salió Yaakov”. Las dos formas vienen de la misma raíz hebrea, י־צ־א, yatzá, salir. Evidentemente, no estamos diciendo que las dos historias sean iguales, pero vale la pena observarlas juntas, porque en ambas encontramos a un hombre que sale de un lugar conocido y entra en una realidad que terminará siendo mucho más compleja de lo que imaginaba.
Yaakov sale de Be’er Sheva porque está huyendo de Esav. Después de lo sucedido con las berajot de Yitzjak, Esav quiere matarlo y Rivká comprende que su hijo tiene que marcharse. Desde la perspectiva de Yaakov, el problema parece bastante claro: Esav es el peligro. Si Esav está aquí, Yaakov debe irse de aquí.
Pero nosotros conocemos el resto de la historia y sabemos que alejarse de Esav no significará alejarse de los conflictos. Yaakov todavía no conoce a Laván. Todavía no sabe lo que significa trabajar siete años esperando casarse con Rajel y descubrir después que ha sido engañado. No conoce todavía los años adicionales de trabajo, las tensiones familiares ni todo lo que tendrá que vivir antes de poder regresar.
Yaakov sale porque necesita escapar de una dificultad, pero esa salida terminará convirtiéndose en uno de los procesos más importantes de toda su vida.
Y en medio de ese camino aparece Rajel.
Cuando Yaakov llega a Jarán encuentra a los pastores reunidos alrededor de un pozo y allí conoce a Rajel. Más adelante, cuando la Torá describe a las dos hermanas, nos dice:
וְעֵינֵי לֵאָה רַכּוֹת וְרָחֵל הָיְתָה יְפַת־תֹּאַר וִיפַת מַרְאֶה
Ve’enei Leá rakot, veRajel hayetá yefat tó’ar vifat mar’é.
“Los ojos de Lea eran delicados, y Rajel era hermosa de figura y hermosa de apariencia.”
(Bereshit 29:17)
Aquí aparece nuevamente una expresión que acabamos de leer en nuestra parashá: יְפַת־תֹּאַר — yefat tó’ar.
En Ki Tetze encontramos una éshet yefat tó’ar; en Vayetze, Rajel es descrita como yefat tó’ar vifat mar’é. No debemos forzar la comparación y decir que Rajel representa a la mujer cautiva. La Torá no dice eso y las circunstancias de las dos mujeres son completamente diferentes. Lo interesante está en la forma en que se desarrollan los dos relatos.
En los dos casos hay un hombre que sale. El hombre de Ki Tetze sale a la guerra; Yaakov sale huyendo de Esav. Ambos salen teniendo delante una dificultad que parece perfectamente identificable. Y después de salir ambos se encuentran con una mujer cuya belleza es descrita con la expresión yefat tó’ar. Pero en ninguno de los dos relatos aquello que los ojos encuentran resulta ser algo sencillo.
El hombre de Ki Tetze ve y desea, pero la Torá introduce una distancia entre su deseo y su acción. Yaakov encuentra a Rajel, la ama y quiere casarse con ella, pero tampoco podrá pasar inmediatamente de aquello que desea a aquello que quiere construir. Entre Yaakov y Rajel aparecerán el tiempo, el trabajo y las decisiones de Laván. Yaakov trabajará siete años y, cuando piensa que finalmente ha llegado al lugar que esperaba, descubrirá que todavía queda mucho camino por recorrer.
Y aquí las dos historias comienzan a hablarnos de una realidad que conocemos muy bien. Muchas veces salimos a enfrentar una situación pensando que sabemos exactamente cuál es nuestro problema. Identificamos a nuestro “Esav”, identificamos al enemigo que tenemos delante, y nos convencemos de que si conseguimos vencer aquello, alejarnos de aquello o resolver aquello, todo estará bien.
Pero la vida rara vez funciona de una manera tan sencilla.
El hombre de Ki Tetze vence al enemigo exterior y entonces descubre algo dentro de sí mismo que tendrá que aprender a gobernar. Yaakov logra alejarse de Esav y entonces descubre que el camino que tiene por delante no será más sencillo. Aparecerán Laván, la espera, el engaño, el trabajo y las responsabilidades de una familia. Lo que comenzó como una salida para escapar de un problema terminará convirtiéndose en un proceso que formará a Yaakov.
Tal vez por eso la palabra tetzé, “salgas”, resulta tan apropiada. Cuando una persona sale de aquello que conoce, no solamente descubre lo que hay afuera; muchas veces comienza también a descubrir lo que hay dentro de sí misma. Hay partes de nuestro carácter que solamente aparecen cuando alguien nos contradice, cuando tenemos que esperar, cuando deseamos algo que no podemos obtener inmediatamente, cuando nos engañan o cuando la vida no responde de la manera que habíamos esperado.
Mientras todo está tranquilo podemos creer que somos pacientes. La espera nos muestra si realmente lo somos. Podemos pensar que dominamos nuestro carácter hasta que alguien nos provoca. Podemos pensar que tenemos control sobre nuestros deseos hasta que aparece delante de nosotros algo que queremos profundamente. Es precisamente cuando salimos al encuentro de la vida cuando comenzamos a conocernos.
Esto no significa que los enemigos exteriores no sean reales. Esav era real. Laván era real. Y la guerra de Ki Tetze es presentada como una guerra real. El punto es que la existencia de una batalla afuera no elimina la posibilidad de que, al mismo tiempo, esté ocurriendo otra batalla adentro.
Quizá por eso resulta tan significativo que en Ki Tetze el enemigo exterior sea entregado rápidamente en las manos del hombre, mientras que el resto del relato se ocupa de enseñarle qué hacer con aquello que ha surgido dentro de él. Vencer al otro no significa necesariamente que ya hemos vencido.
Y Yaakov nos permite observar el mismo principio durante un período mucho más largo. Él salió de Be’er Sheva pensando en Esav, pero el hombre que algún día regresará no será simplemente el mismo Yaakov que consiguió mantenerse lejos de su hermano. Los años del camino habrán dejado una marca sobre él. Habrá trabajado, amado, sufrido engaños, formado una familia y aprendido a vivir en situaciones que nunca habría escogido para sí mismo.
Por eso, cuando leemos las primeras palabras de nuestra parashá, Ki tetzé la-miljamá al oyeveja, “cuando salgas a la guerra contra tus enemigos”, quizá podemos hacernos una pregunta que va un poco más allá del campo de batalla.
Cuando salgo a enfrentar una dificultad, ¿solamente estoy mirando aquello que tengo enfrente, o también estoy prestando atención a lo que esa dificultad está despertando dentro de mí?
Porque a veces nuestro problema sí es una persona, una circunstancia o algo injusto que nos ocurrió. Pero aun cuando eso sea cierto, queda otra pregunta: ¿qué está haciendo esa situación conmigo? ¿Está despertando mi orgullo? ¿Mi impaciencia? ¿Mi deseo de reaccionar inmediatamente? ¿Mi incapacidad para esperar? ¿Qué estoy descubriendo de mí mismo mientras atravieso esta situación?
Yaakov pensaba que necesitaba alejarse de Esav. Y tenía razón: necesitaba salir. Pero aquella salida hizo mucho más que poner distancia entre dos hermanos. Lo introdujo en un camino que terminaría formando una familia y transformando su propia vida.
El hombre de Ki Tetze pensaba que salía para conquistar a sus enemigos. Y también tenía razón. Pero después de que Hashem puso al enemigo en sus manos, descubrió que todavía había algo que necesitaba aprender a conquistar: a sí mismo.
Tal vez esa sea la pregunta con la que deberíamos quedarnos al estudiar estos dos relatos. Cuando enfrentamos una batalla, normalmente preguntamos: “¿Cómo voy a vencer esto que tengo enfrente?”. Pero quizá deberíamos añadir otra pregunta:
“¿En quién me estoy convirtiendo mientras lo enfrento?”
Porque algunas de las victorias más importantes de nuestra vida no ocurren cuando finalmente cambia aquello que tenemos delante. Ocurren cuando, después de haber atravesado el camino, descubrimos que también nosotros hemos cambiado.
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