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Parashat Ki Tavó comienza en un momento muy especial. Israel está a punto de vivir algo que sus padres y abuelos no pudieron vivir: después de la esclavitud en Mitzráyim, después del desierto, finalmente tendrán una tierra donde sembrar, construir sus casas, formar sus familias y disfrutar del fruto de su propio trabajo.
La Torah comienza diciendo:
וְהָיָה כִּי־תָבוֹא אֶל־הָאָרֶץ אֲשֶׁר ה׳ אֱלֹקֶיךָ נֹתֵן לְךָ נַחֲלָה וִירִשְׁתָּהּ וְיָשַׁבְתָּ בָּהּ
Vehayá ki tavó el haáretz asher Hashem Elokeja notén lejá najalá, virishtáh veyashavtá bah.
“Y será cuando entres en la tierra que Hashem, tu Dios, te da como heredad, la poseas y habites en ella.”
(Devarim 26:1)
Hay algo muy interesante en la manera en que está escrito. Por un lado dice וִירִשְׁתָּהּ — Virishtáh, “la poseerás”. La tierra será realmente de Israel. Pero antes de decir que Israel la posee, la Torah dice נֹתֵן לְךָ — notén lejá, “te la da”.
Es decir, la tienes, pero antes la recibiste.
Y esa diferencia parece pequeña, pero puede cambiar completamente la manera en que una persona entiende aquello que tiene.
La Torah no niega la propiedad. Tampoco niega el esfuerzo humano. Una persona trabaja, construye, compra, vende, produce y tiene derecho al fruto de su trabajo. Pero hay una diferencia entre poseer algo y pensar que soy su dueño absoluto. Desde la perspectiva de la Torah, aquello que Hashem pone en nuestras manos también nos convierte en responsables de lo que hacemos con ello.
Quizás por eso la primera gran mitzvá que aparece al entrar a la tierra es precisamente Bikurim. Cuando finalmente el agricultor ve aparecer los primeros frutos después de haber trabajado durante meses, la Torah le dice:
וְלָקַחְתָּ מֵרֵאשִׁית כָּל־פְּרִי הָאֲדָמָה
Velakajtá me-reshit kol perí haadamá.
“Tomarás de lo primero de todo fruto de la tierra.”
(Devarim 26:2)
Ese primer fruto debe ser un momento extraordinario. El agricultor preparó la tierra, sembró, cuidó, esperó las lluvias y finalmente tiene delante de él el resultado de su trabajo. Es muy fácil que en ese momento nazca naturalmente el pensamiento: “Esto es mío. Yo lo conseguí”.
Y la Torah no le responde: “Tú no hiciste nada”. Claro que hizo. Sin su esfuerzo probablemente no habría cosecha.
Lo que la Torah le enseña es algo mucho más fino: trabajaste para conseguirlo, pero eso no significa que seas la fuente absoluta de aquello que conseguiste.
La tierra estaba antes que tú. La semilla estaba antes que tú. La lluvia no la produces tú. Incluso la salud, la inteligencia y la fuerza con las que trabajaste son parte de aquello que recibiste.
Por eso el agricultor toma precisamente מֵרֵאשִׁית — me-reshit, “de lo primero”, y lo lleva ante Hashem. Antes de comenzar a disfrutar de todo lo que produjo, debe recordar de dónde viene.
Pero entonces ocurre algo todavía más interesante. La Torah no le permite simplemente entregar su canasta e irse. Le pide que hable. Y lo que tiene que contar parece, a primera vista, no tener nada que ver con sus frutos:
אֲרַמִּי אֹבֵד אָבִי… וַיֵּרֶד מִצְרַיְמָה
Aramí oved aví… vayered Mitzráyma.
“Aramí oved aví… y descendió a Egipto.”
(Devarim 26:5)
¿Por qué recordar Mitzráyim precisamente ahora?
Quizás porque Israel está entrando por primera vez en una posición completamente diferente. Durante generaciones fuimos esclavos. No teníamos tierra propia, no controlábamos nuestro trabajo y otros ejercían poder sobre nosotros. Ahora Israel tendrá tierra, propiedades, cosechas, trabajadores y riqueza.
Y aquí aparece un peligro muy humano: quien ayer sufrió bajo el poder de otro puede mañana, cuando tenga poder, hacerle lo mismo a alguien más.
Por eso la Torah repite tantas veces una frase que atraviesa las mitzvot sociales:
וְזָכַרְתָּ כִּי־עֶבֶד הָיִיתָ בְּאֶרֶץ מִצְרַיִם
Vezajartá ki éved hayita beéretz Mitzráyim.
“Recordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto.”
Recordar Mitzráyim no es solamente recordar cuánto sufrimos. Es recordar cómo debemos tratar al otro ahora que nosotros tenemos poder.
Tú sabes lo que significa estar del lado débil. Tú sabes lo que ocurre cuando un hombre comienza a sentirse dueño de otro hombre. Por eso, cuando Hashem cambie tu situación y tengas recursos, posición y autoridad, no construyas otro Mitzráyim.
Esta idea nos recuerda dos modelos muy diferentes que aparecen al comienzo de Bereshit: Nimrod y Avraham.
Sobre Nimrod encontramos:
וַתְּהִי רֵאשִׁית מַמְלַכְתּוֹ
Vatehí reshit mamlajtó.
“Y fue el comienzo de su reino.”
(Bereshit 10:10)
La tradición de nuestros jajamim desarrolla a Nimrod como una figura asociada al poder, al reino y a la rebelión contra Hashem. Avraham aparece como un modelo completamente diferente. También Avraham llega a tener riqueza, influencia y una casa importante, pero cuando aparecen tres desconocidos frente a su tienda, su primera reacción no es preguntarse qué puede obtener de ellos. Corre para atenderlos.
Su grandeza se manifiesta en jesed.
Ahí aparecen dos maneras completamente diferentes de relacionarnos con aquello que tenemos. Podemos mirar nuestros recursos y preguntarnos: “¿Cuánto poder me da esto?”. O podemos preguntarnos: “¿Cuánto bien puedo hacer con esto?”.
Y esto nos devuelve directamente a Ki Tavó, porque la Torah no permite que la abundancia termine en nosotros mismos. Poco después aparecen el Leví, el guer, el huérfano y la viuda. Aquello que recibimos crea responsabilidad hacia aquellos que tienen menos recursos o menos protección.
Tal vez ahí esté una de las enseñanzas éticas más hermosas de Bikurim.
Cuanto más recibo, no necesariamente soy más importante. Soy más responsable.
La Torah no nos pide renunciar a tener. Nos enseña cómo tener. Cómo tener tierra sin pensar que somos dueños del mundo. Cómo tener riqueza sin que la riqueza nos tenga a nosotros. Cómo ejercer autoridad sin sentirnos dueños de las personas que dependen de nosotros.
Porque al final, quizás no somos propietarios absolutos de nada. Durante algunos años Hashem pone ciertas cosas en nuestras manos: una familia, conocimiento, recursos, capacidades, tiempo, influencia. Y nuestra tarea consiste en administrarlas con responsabilidad y utilizarlas para el bien.
Por eso el hombre de Bikurim lleva sus frutos y recuerda Mitzráyim. Mira lo que tiene hoy, pero no olvida quién fue ayer.
Y quizá esa memoria es precisamente lo que permite que la bendición no termine convirtiéndose en arrogancia y que el poder no termine convirtiéndose en dominio.
La pregunta que Ki Tavó nos deja, entonces, no es solamente cuánto hemos recibido.
Es algo mucho más profundo:
¿Qué estamos haciendo con todo aquello que Hashem puso, por un tiempo, en nuestras manos?
Sobre la parashá

